Rayas y garabatos

Rayas y garabatos

Rayas y garabatos

Por Esteban Suárez Romero

Mis ojos se fueron detrás de la pelota, y mis escasos cinco años la recogieron detrás de unas indefinidas pilas de libros que liberaban humedad y un olor fuerte a papel cubierto por un verdiblanco moho. Recuerdo que lo que más me llamó la atención de los libros fueron sus pastas coloridas, llenas de dibujos fantasiosos y unas formaciones de rayas que no pude interpretar en el momento, pero que posteriormente me enteraría que se llamaban letras. Así transcurrían los días, yéndose la vista temerariamente tras la pelota en los más diversos lugares, a ratos en el patio, otros ratos en el jardín, también cerca del río que está detrás de la casa, otros ratos más entre las oxidadas maquinarias, testigos parcos y mudos de los remotos, nebulosos y obstinados días que pasaban sin parar. Los tractores, máquinas cardadoras y arados vivían en la casa de madera y láminas cuyos tapancos, cuartos abandonados y áticos nos ofrecían el castillo necesario para nuestras aventuras en las cuales todavía no se aparecían Tarzán, Sandokan, DxArtagnan, Athos, Porthos y Aramís, el Capitán Nemo y tantos otros que perentoriamente tenían prisa por llegar a poblar nuestro universo infantil. No tardaron mucho en llegar, porque recuerdo que como a los cinco años y medio, siguiendo mis ojos la pelota, ya pude descifrar las rayas aquellas de los libros enmohecidos gracias a la paciencia providencial de Graciela, mi maestra de primer año de primaria y a mi precoz curiosidad por entender la razón de las tantas páginas rústicas, faltas de imágenes, que había encontrado en aquel tesoro de papel.

Mis más de cinco años habían alcanzado la pelota en medio del patio de la precaria escuela, aunque debiera decir galera que guardaba las diversas edades de los párvulos en adelante, todos revueltos en un apartado de rincones reducidos para aprender, así como para presenciar las mejores actuaciones de Antonio Aguilar, Fernando Casanova, Gastón Santos, Marisol y Joselito proyectados, desde una lente monocular, sobre una pantalla improvisada por una sábana blanca cuando era la nocturna hora del cine. Durante el día nadie nos veía, a no ser que se asomaran por la parte posterior de la galera a través del enrejado resguardado por los panales de avispas celadoras. El único que sí nos veía en todo era el Ángel Guardián, director de la escuela, oriundo de Jalpan, cuya atronadora voz nos reconvenía al menor pretexto, salvaguardando nuestra buena conducta, y cuando la voz no era suficiente, entraba en funciones extraoficiales el corrioso cayuyo que tanto nos ayudaba a entender las verdades seculares de la vida que todavía juegan por los vericuetos del parque, frente a la escuela, en la iglesia cuando estaba quemada y vuelta a vivir, en el campo de futbol o beisbol según el humor del pueblo, o en el espacio baldío en donde no estaba todavía la clínica. Vericuetos misteriosos de la vida sumergidos en la memoria.

Entre carreras dentro de la galera, reconvenciones y represalias del beligerante cayuyo, cariñosos afectos de Graciela, cuadernos sin usar, ávidos de letras, que me estimulaban las fosas nasales y lápices con fuerte aroma de madera nueva al sacarles punta: aprendí a leer. Entonces ya pude explorar el mundo estático, constante y enmohecido del Mundo Perdido de Conan Doyle, el África de Quatermain, el Viaje al Centro de la Tierra de Julio Verne, las exuberantes selvas de Edgar Rice Burroughs y tantos otros que siempre reposaban en el rincón húmedo.

A la manera de Tarzán fui uniendo rayas con rayas, garabatos con garabatos, hasta que fueron aflorando los sentidos, los significados, las connotaciones debidas para explorar los ámbitos ignotos creados por tantas plumas, precursoras de la irrealidad virtual moderna. Pasaron los años, la vida requisó la pelota un buen día, o mejor diría, la pelota se convirtió en otras pelotas de formas diversas: en alguna ocasión fueron unos ojos castaños, en otra fueron los cabellos dorados de una espigada mazorca que ansiaba seguir al sol, en otra los espacios abiertos del campo, de los ranchos, del monte, de los cerros, y por fin llegaron en tropel todos aquellos héroes atrapados que con alivio respiraron aire fresco. El moho verdiblanco había desaparecido, los personajes habían trascendido.

En el lento proceso de unir letras, me topé con algunos otros libros de los cuales sabía a qué historias correspondían tan sólo por las imágenes, no así por las letras que al unirlas no tenían ningún sentido: unía una consonante con una vocal y con otra consonante y nunca le encontraba el sentido a pesar de que buscaba la xpalabrax en el pequeñísimo diccionario escolar. Por vía de la intuición, recordé que había leído cómo Greystoke había aprendido a leer solo, sin ayuda de los vagabundos simios que lo habían criado en el interior de las ruinas de la cabaña construida por otro Greystoke que había llegado de allende los mares; dicha manera de leer no se parecía en nada a la forma como Graciela nos había enseñado, así que de todos modos opté por ponerla en práctica sin mayor resultado que seguir xleyendox palabras que no entendía y que no vivían en el abrevadero convencional de cada educando indagador. Volvieron a pasar los años, y ahora no tan solo se perdió la pelota, también se perdieron los ojos castaños, el pelo de elote, los paisajes con todo y cerros, todos los charcos, las calles polvorientas, y aparecieron en cambio calles cementadas, espacios más amplios de concreto, rejas de metal, servicios urbanos, y yo seguía sin descifrar aquellos libros que había traído conmigo a los nuevos entornos.

Un buen día me encontré en la secundaria ante la presencia de un señor enorme, casi negro, con una troglodita cabeza, y no menos grandes orejas, quien se sabía era ingeniero, pero todo mundo lo conocía por xel Bucox. Sonaba la palabra un tanto legendaria, a filibustero sonaba su nombre. En fin, este colosal sujeto estaba a cargo de una materia rara, de la cual años más tarde me enteraría que él no sabía nada y que todo lo que nos había xenseñadox no nos servía para nada porque había omitido su esencia. Lo único bueno fue que con ayuda de mi simiesco gran amigo Greystoke, y las imprecaciones que profería el negro tunante, por fin encontré un pequeño hilo unificador de las xpalabrasx raras que había visto años antes: fue el tiempo cuando empecé a mal leer cosas como xbookx, xpenx, xnotebookx, etc. Y desde el primer momento mis ojos se fueron detrás de los libros aquellos, tan preciados, y de los cuales nada entendía: intentaba encontrar las palabras que habían aparecido en el libro de texto, pero no era tan fácil hallarlas, no obstante, se empezaron a formar patrones o diseños de palabras que se integraban en un repertorio: vocal–consonante (at); consonante–vocal–consonante (bed); vocal–consonante–consonante (add); consonante–vocal–consonante–consonante (lack); consonante–vocal–vocal–consonante (seat); consonante-vocal-consonante-vocal e (like), y así sucesivamente. Ya no le hice caso al bucanero, y seguí los aciertos de Sir Greystoke: mis ojos se afinaron y por fin empecé a encontrarle el sentido a las palabras en inglés, aunque eso de la pronunciación no me quedaba del todo claro, ya que daba la impresión de que las palabras las escribían de una manera y las pronunciaban de otra.

Por esos tiempos llegó la xprepax y fue que Juan, Pablo, Jorge y Ricardo (como los cuatro fantásticos) acudieron en mi auxilio, y por medio de su alocada y melenuda música me fueron desvelando una más de las incógnitas. Mis ojos ya no se iban detrás de nada, ahora mis oídos se iban detrás de sonidos muy extraños pero que iban tomando forma, y así combinando el método Greystoke y el de la xHepapiscinax logré leer en silencio y en voz alta xThe time machinex, xSleeping Beautyx, xAnimal Farmx, xThe Sherlock Holmes Adventuresx, etc. etc. Historias todas en las cuales o ultimaron a una bruja, o tremolaron las ondas cuánticas del tiempo, o se plegaron las fuerzas animales rebeldes, o la sempiterna pipa detective trincó al arrogante Dr. Moriarty. Las misteriosas rayas le dieron vida a todas esas aventuras que habían estado vedadas por tanto tiempo y que muy bien pudieron, pero que nunca lo hicieron, haber convivido, entre oxidadas maquinarias, testigos mudos de remotos y obstinados días, entre tractores, máquinas cardadoras y arados, en la casa de madera y láminas cuyos tapancos, cuartos abandonados y áticos eran el castillo necesario para mágicas aventuras. Ahora todos los personajes encerrados en la lengua inglesa se paseaban por los cuartos atiborrados de hermanos y hermanas, por el pasillo tragaluz en donde empezó a crecer la elemental biblioteca, a veces se sentaban en el comedor y compartíamos el pan y la sal, otras veces en el patio huérfano de árboles frutales, otras más se sentaron conmigo frente al alegre televisor hasta altas horas de la noche creando lo que ahora soy: imperecedero yo.

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